viernes, 4 de febrero de 2011

Hamlet. Diario de un loco 1.

¿Por qué Hamlet?
Debo confesar que la obra, a pesar de haberla leído en un par de ocasiones anteriormente, nunca me llevó a ningún lugar que no me hubiera llevado cualquier otra obra de Shakespeare. Nada especial iba sintiendo en esta tercera lectura que no hubiera sentido antes. Un joven, con muchos pelos en los huevos ya, que vuelve a casa tras la muerte de su padre para asistir a su entierro y se encuentra con la desagradable novedad de que su madre se ha casado con su tío... Y para acabarlo de arreglar, el espectro de su padre se le presenta para decirle que su muerte no fue accidental, sino que fue su tío precisamante el que se lo cargó para robarle el trono y la mujer. Así que se pasa toda la obra urdiendo un plan para vengar a su padre y, de paso, castigar a su madre, presuntamente en el ajo también.
Confieso que cuando la leía esta tercera vez andaba buscando desesperadamente ese acto tercero primera escena (en mi libro página 100) en el que el joven pijo heredero al trono se le ocurre soltar el Ser o no Ser... Monólogo éste que anteriormente no llegué a comprender, despertando en mí una sensación de oscura decepción, pero que esta tercera vez me descubrió "algo". Algo que me hizo demorar y releer una y otra vez esa escasa página, y a la cual, tras cada relectura, le encontraba un sentido más y más profundo. Creo que fueron tres días los que me demoré en seguir adelante con el texto, incapaz de pasar plana, como hipnotizado por aquel discurso que descubrí y aprendí a saborear. Luego, en vez de continuar con la obra, volví al principio, y empecé de nuevo. ¿Quién era ese loco? ¿Quién era ese loco?
¿Quién ese tipo capaz de organizar su cerebro para poner su lengua al servicio de sus tripas con esa clarividencia y esa fuerza? ¿Quién se creía él para reírse del mundo sin que el mundo se enterara de nada?
Luego, poco a poco, me fui enamorando también de todos y cada uno de los personajes. Del pérfido Claudio, de la indefensa Gertrudis, del chafardero Polonio y de su hijo, el irreflexivo Laertes; de la bella e inocente Ofelia, del fiel Horacio y de los interesados Rosencrantz y Guildenstern. Todos ellos perfectamente diseñados para cimentar una tragedia que destapa la caja de Pandora de los sentidos y que retrata de forma extremadamente minuciosa los pecados del ser humano.
Y me descubrí a mí mismo diciendo: "Yo quiero jugar con él".
Y así fue como empecé a maquinar qué putada le podía hacer a Hamlet que no le hubieran hecho antes. ¿Qué requiebros del destino podían llevar al loco príncipe a encontrarse con la horma de su zapato? ¿Que podía hacer yo para torcer sus maquiavélicos planes y hundirlo en la miseria? Si algún bajo instinto se me despertó al enfrentarme a la tragedia fue el de extraer a su protagonista y volverlo vulnerable, humano. Romper esa perfección con la que Shakespeare dotó al personaje que, a pesar de mostrárnoslo frágil y desvalido, urde su plan de venganza con una pasmosa frialdad, como viéndolas venir, pero con una efectividad que Maquiavelo no habría logrado en 100 años de cursos intensivos.
Y ése fue el punto de partida. Ése fue el motivo por el que me decidí por Hamlet.
Confieso que esa especie de respeto sacro que se le tiene al personaje en cuestión me produjo algún reparo al principio. Como si Hamlet sólo estuviera al alcance de unos pocos elegidos, y los demás nos tuviéramos que conformar con las demás obras y personajes que ha parido la humanidad. Pero me dije a mí mismo que nadie iba a privarme del gustazo de enfrentarme a una de las obras más relevantes de la historia del teatro universal.
Quizás yo sea tan insignificante que no merezca el privilegio de trabajar con el dramaturgo que quiero, pero precisamente esa pequeñez me otorga una libertad que me permite abordar cualquier empresa, cualquier obra y cualquier autor sin el temor a ser tachado de irreverente o presuntuoso.
Y encaro el proyecto con la seguridad de que en este barco, los que conmigo navegan, lo hacen porque están a gusto y convencidos de que la aventura valdrá la pena.
Todos los que han zarpado a mi lado están currando conmigo codo con codo disfrutando de cada ola, de cada puerto y de cada viento. Afortunadamente, los que no tenían esa seguridad o se encontraron a bordo sin saber muy bien por qué, abandonaron el viaje en el último puerto.
Ahora ya no cabe mirar atrás ni tener dudas. Ahora ya sólo hay que cuidar que los cabos estén bien tensos y que el rumbo sea el que nos hemos marcado.
Allá vamos.
Hoy, primer ensayo.

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