miércoles, 22 de junio de 2011

Hamlet. Diario de un loco 7.

Aquí me tienes a estas horas de la madrugada dando vueltas por la casa intentando huir de mis fantasmas que me atosigan y me arrancan mis miedos más profundos.
Hoy vamos a mostrar por primera vez el trabajo al público y estoy acojonado. Hasta ahora no había sentido esta sensación de afrontar un reto importante, pero llevo dos días que estoy histérico.
Quizás no sea capaz de leer las cosas en su justa medida y le dé más importancia al asunto de la que tiene, pero tengo una sensación de miedo al fracaso que no había sentido hasta ahora, al menos tan exagerada...
Qué gran paradoja esta de ser creador escénico... no sé cómo definir mi profesión... y confieso que esta definición me resulta muy rimbombante... Pero es que cuando uno se ve obligado a hacer de todo casi todo para salir a escena (escribir, producir, diseñar, coordinar, actuar...), pues eso. Paradoja porque uno trabaja y trabaja durante más de un año desde que pare una idea, y se la juega totalmente a una carta. Aquí no vale aquello de "lo importante es participar"... ni me consuela la idea romántica de "son tus ideas y que le guste al que le guste". No vale. Aquí tienes que gustar, tienes que atraer al público y contentarlo. El público no está viendo ese año y pico de obsesión y sacrificio, de horas robadas al sueño y a tu vida... El público tiene, exige que le gustes... y mucho. Y más en los tiempos que corren, en los que si quieres ganarte la vida debes hacer algo fácil de vender... y yo no sé hacer eso...
Así que, más que nunca, ¡no sé qué coño tenemos entre manos! No tengo ni la más remota idea de qué es lo que van a pensar las veinte personas que van a asistir al ensayo de hoy... Es puro misterio... Con Don Juan existía también esa incertidumbre, pero siendo el primer espectáculo, las posibilidades de sorprender eran mayores... Hoy la gente ya nos conoce... y se esperan algo... algo que no sé si seré capaz de dar...
El público es imprescindible en nuestro trabajo... qué chorrada! Pero es que es así... El público, desde el segundo uno de la función hace que todo coja sentido encima del escenario. Da una dimensión distinta al sentimiento, y al tiempo. Cuando actúas para el público, de repente es como si para ti todo fuera más despacio, todo adquiere una importancia perdida con el tiempo de ensayo. Cualquier objeto, cualquier movimiento, gesto o palabra, multiplica su sentido, su fuerza... Esa obra que se ha vuelto un tanto insulsa y aburrida, el primer día de público renace con toda su fuerza... si es que la tiene. Fuerza que es un misterio para los creadores. Nadie sabe qué va a pasar hoy. Nosotros no tenemos la más pajolera idea de cómo va a ir todo. Nada. Incertidumbre.
En nuestro caso, siendo un espectáculo con un sólo actor en escena y un director, todas estas sensaciones se multiplican, no estamos habituados a que alguien vea lo que hemos estado haciendo... No hay terceros, ni segundos, actores o actrices, ni personal de vestuario, construcción, ni producción que alienten durante los ensayos la sensación de estar delante de público, o que te den la posibilidad de jugar en escena... nada de eso. Es como lo que debe sentir un científico que ha estado trabajando tiempo en el laboratorio creando un fármaco, y por primera vez se lo va a inocular a una rata... Todo el trabajo a una carta...
Paradoja también, porque a pesar de que la aparición delante del público es algo inherente al actor, no deja de darme el mayor de los miedos hacerlo. Terror... y sobretodo la primera vez...
Alea jacta est. O como diríamos hoy...: hay que joderse!

lunes, 20 de junio de 2011

Hamlet. Diario de un loco 6.

Qué papel estoy, pues, haciendo yo, que tengo un padre asesinado y una madre mancillada, fuertes acicates para mi razón y mi sangre, y dejo que todo duerma en paz...

Señor, dad a vuestro discurso algún sentido y no os desentendáis tan bruscamente de la cuestión.

¿Retendrá mi memoria algún día estas frases?

miércoles, 13 de abril de 2011

Hamlet. Diario de un loco 5.

Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo. Pánico.

jueves, 7 de abril de 2011

Hamlet. Diario de un loco 4.

Bueno... Mañana, después de un impás de dudas y retrasos, vuelvo a la carga. Mañana me enfrentaré a ellos... y al espejo.
El espejo es el juez implacable y el amigo fiel.
Es juez porque te dicta la sentencia de manera fría e inmisericorde. Te tira a la cara todos los defectos, te dice lo que no va a ser posible conseguir de ninguna de las maneras. Te coloca en el espacio junto al bicho y te muestra cuál es tu límite. Sin tapujos.
Y es amigo porque, cuando la cosa va y el constructor y yo hemos acertado, te sorprende devolviéndote imágenes impactantes que no habías imaginado. Y te enseña las tripas de los bichos. Sus miradas. Su capacidad expresiva.
El espejo es la pieza imprescindible que me permite saber qué expresa cada muñeco en función de la altura de mi brazo, el giro de mi muñeca o la apertura de mi mano. Todo eso se va registrando de alguna manera en mi cabeza (aún no sé cómo), de manera que al cabo de un tiempo yo puedo preocuparme de mis sentimientos y de cómo expresarlos, mientras los bichos, casi autónomos, actúan expresando los suyos.
A estas alturas sólo sé que pesan bastante, que aún guardan la rigidez de los primeros días (como yo guardo la mía) y que me proponen cosas muy distintas al viejo Don Juan y compañía.
Ciertamente, este espectáculo parte de una propuesta estética muy distinta, donde los colores juegan un papel importante y donde no se busca la imitación de los rasgos humanos de un modo tan realista. Aquí jugaremos con la caricatura. Es un riesgo, porque dependo absolutamente de que el público se crea a los bichos, tal y como se creen a Don Juan. Pero de una manera quizás un poco inconsciente y arriesgada, esta vez quiero que el público descubra que creerse a los muñecos, creer que están vivos por sí mismos, no tiene nada que ver con su realismo estético sino más bien con la magia del teatro que tiene como pilar más importante las ganas del espectador de creer. De creer todo lo que le muestren, con la sola condición de no ser traicionados con dramaturgias absurdas, interpretaciones desmedidas o estéticas pajilleras.
Yo quiero que crean. Si ellos quieren creer, y no la cago, será un espectáculo interesante. Si la cago... ufff.
Espero que el público no espere un Hamlet de Shakespeare, ni siquiera una versión de Hamlet. Porque lo que vamos a intentar ofrecerles es lo que siente una persona cuando tiene la certeza de que las cosas se podrían haber hecho de otra manera. Una persona que duda y que lucha por solucionar esa duda. Alguien que, erroneamente, se cree el centro del mundo pero que la vida se obstina en enseñarle que el mundo está lleno de centros, tantos como personas. Y cada centro lleva su duda. Porque ¿quién puede afirmar que no duda?

martes, 8 de febrero de 2011

Hamlet. Diario de un loco 3.

Y empiezan los ensayos.
Cuando trabajas en el filo, cualquier ensayo, sobre todo los primeros, puede convertirse en algo duro. Confiar en la directora con ojos cerrados e intentar dejarte llevar es una condición indispensable para salir adelante.
Y más cuando lo que estás trabajando es material sensible, poco tangible como el que nos ocupa.
Imagino que se podría definir este proyecto como un drama psicológico, en el que nada es lo que parece, pero que la base es el sentimiento humano. Nos movemos en eso que pasa dentro de la cabeza de alguien cuando duda, cuando no sabe qué camino coger, y más aún, cuando escogido el camino, uno tiene la absoluta certeza de que se ha equivocado. Pero ya está hecho. Y en algunos casos rectificar no es una opción, porque no todos estamos programados para dar marcha atrás, reconocer los errores, disculparse si es necesario y desandar el camino errado para rehacerlo por la senda correcta.
¿Qué pasa cuando somos prisioneros de una parte de nosotros, implacable y soberbia que se niega a aceptar los errores cometidos, y más a ún, se niega a aceptar la ayuda externa para resolverlos?
El peor contrincante para negociar una estrategia es uno mismo. Y el campo de batalla más cruento es el de nuestra conciencia, donde no hay piedad ni misericordia, donde no existe perdón en la mayoría de los casos. Y esa lucha es la que nos lleva a la duda. La duda que nos revierte directamente a Hamlet.

viernes, 4 de febrero de 2011

Hamlet. Diario de un loco 2.

¿Cómo hacer un Hamlet? ¿Estás loco? Una obra tan compleja, con tantos personajes, tan extensa, de tanta profundidad...
No. Estaba claro que no iba a hacer una versión de la obra, ni estaba en mis manos ni tenía ganas.
Pero el personaje me seducía y, a la vez, me parecía de una actualidad sorprendente. Un joven que ve cómo muere su padre y que, al poco, su tío se casa con su madre... Ya sólo eso me parecía un punto de partida lo suficientemente interesante. Pero, además, estaba su particular visión del mundo que lo rodea... Más allá de la trama del asesinato de su padre por parte del tío, el conflicto que a mí me llamaba más la atención era esa actitud de autosuficiencia, de tenerlo todo controlado y esa capacidad de manipular a todos sin apenas mover un dedo. Toda la obra gira en torno de la actitud del joven Hamlet. Eso me evocaba la sensación como si lo que ocurre en la obra fuera una maquinación del propio príncipe, como si todo lo que estábamos viendo o leyendo no pase más que en su mundo, en su cabeza. Porque él siente un dolor y todo lo que ocurre a su alrededor es tan medido, todo tan estudiado para que su dolor se ahonde más aún, que me acaba resultando casi artificial. Como cuando nos deprimimos o nos obsesionamos y creemos que todos los acontecimientos y personas de nuestro entorno se comportan de una determinada manera, aunque, en realidad sea sólo una sensación subjetiva nuestra. En definitiva: una gran maquinación de nuestro coco...
Y eso es lo que quería plasmar, eso es lo que quise investigar.
¿Qué pasa cuando nos dejamos llevar por nuestros miedos, o nuestra rabia? Cuando nuestra percepción del mundo queda distorsionada por los sentimientos... Porque para mí, lo importante no es que el tío de Hamlet, el rey Claudio, sea efectivamente culpable. Eso es lo de menos. Para mí, lo verdaderamente importante es como el entorno de Hamlet cambia ante la certeza del asesinato. ¡Pero hay que recordar que la única prueba de ese asesinato es la aparición y revelación del espectro del padre! Aunque Shakespeare ya se encarga de que lo vean tres personas más, y por tanto den fe de su autenticidad, y luego en la escena de los cómicos el rey abandone la sala al ver representado su secreto asesinato.
Así pues, y puestos a actualizar el personaje, hoy en día no sería muy creíble que alguien recibiera una revelación de ese tipo y fuera suficiente para convencerse, sin duda, de un hecho.
Por tanto, para mí, lo que hace interesante al personaje es esa capacidad o más bien discapacidad para ver el mundo como sus sentimientos le marcan. Y ahí es cuando la madre de Hamlet entra en juego. Porque esos sentimientos tienen mucho que ver con ella.
No me parece que el padre hubiera sido tan importante en la vida del joven príncipe como él insiste en recordar al mundo. Más bien creo que es una estrategia para cargarse de razón ante lo que está sintiendo, ante lo que está maquinando... En realidad, el padre ocupaba un lugar que le permitía a él sentirse cerca de la madre, como si su amor infinito por ella no se viera alterado por la existencia del padre. Él ya estaba ahí cuando nació, por tanto no le molestaba. Pero ante la muerte de éste, ¿cómo aceptar la aparición de otro que ocupara su lugar? Ese lugar tiene que quedar vacante. Nadie es lo suficientemente digno para ser aceptado por Hamlet. Es como si su madre, tras la muerte del rey, dejase de ostentar el título de madre y pasase a ser únicamente mujer, y por tanto, al alcance del amor del mismo Hamlet. Sin contar, claro está, con la usurpación a través de la boda del tío de su derecho a ocupar el trono.
Creo que ambas circunstancias son la que arrastran al príncipe a rebelarse contra el mundo y a componer las profundas reflexiones y discursos que compone.

Hamlet. Diario de un loco 1.

¿Por qué Hamlet?
Debo confesar que la obra, a pesar de haberla leído en un par de ocasiones anteriormente, nunca me llevó a ningún lugar que no me hubiera llevado cualquier otra obra de Shakespeare. Nada especial iba sintiendo en esta tercera lectura que no hubiera sentido antes. Un joven, con muchos pelos en los huevos ya, que vuelve a casa tras la muerte de su padre para asistir a su entierro y se encuentra con la desagradable novedad de que su madre se ha casado con su tío... Y para acabarlo de arreglar, el espectro de su padre se le presenta para decirle que su muerte no fue accidental, sino que fue su tío precisamante el que se lo cargó para robarle el trono y la mujer. Así que se pasa toda la obra urdiendo un plan para vengar a su padre y, de paso, castigar a su madre, presuntamente en el ajo también.
Confieso que cuando la leía esta tercera vez andaba buscando desesperadamente ese acto tercero primera escena (en mi libro página 100) en el que el joven pijo heredero al trono se le ocurre soltar el Ser o no Ser... Monólogo éste que anteriormente no llegué a comprender, despertando en mí una sensación de oscura decepción, pero que esta tercera vez me descubrió "algo". Algo que me hizo demorar y releer una y otra vez esa escasa página, y a la cual, tras cada relectura, le encontraba un sentido más y más profundo. Creo que fueron tres días los que me demoré en seguir adelante con el texto, incapaz de pasar plana, como hipnotizado por aquel discurso que descubrí y aprendí a saborear. Luego, en vez de continuar con la obra, volví al principio, y empecé de nuevo. ¿Quién era ese loco? ¿Quién era ese loco?
¿Quién ese tipo capaz de organizar su cerebro para poner su lengua al servicio de sus tripas con esa clarividencia y esa fuerza? ¿Quién se creía él para reírse del mundo sin que el mundo se enterara de nada?
Luego, poco a poco, me fui enamorando también de todos y cada uno de los personajes. Del pérfido Claudio, de la indefensa Gertrudis, del chafardero Polonio y de su hijo, el irreflexivo Laertes; de la bella e inocente Ofelia, del fiel Horacio y de los interesados Rosencrantz y Guildenstern. Todos ellos perfectamente diseñados para cimentar una tragedia que destapa la caja de Pandora de los sentidos y que retrata de forma extremadamente minuciosa los pecados del ser humano.
Y me descubrí a mí mismo diciendo: "Yo quiero jugar con él".
Y así fue como empecé a maquinar qué putada le podía hacer a Hamlet que no le hubieran hecho antes. ¿Qué requiebros del destino podían llevar al loco príncipe a encontrarse con la horma de su zapato? ¿Que podía hacer yo para torcer sus maquiavélicos planes y hundirlo en la miseria? Si algún bajo instinto se me despertó al enfrentarme a la tragedia fue el de extraer a su protagonista y volverlo vulnerable, humano. Romper esa perfección con la que Shakespeare dotó al personaje que, a pesar de mostrárnoslo frágil y desvalido, urde su plan de venganza con una pasmosa frialdad, como viéndolas venir, pero con una efectividad que Maquiavelo no habría logrado en 100 años de cursos intensivos.
Y ése fue el punto de partida. Ése fue el motivo por el que me decidí por Hamlet.
Confieso que esa especie de respeto sacro que se le tiene al personaje en cuestión me produjo algún reparo al principio. Como si Hamlet sólo estuviera al alcance de unos pocos elegidos, y los demás nos tuviéramos que conformar con las demás obras y personajes que ha parido la humanidad. Pero me dije a mí mismo que nadie iba a privarme del gustazo de enfrentarme a una de las obras más relevantes de la historia del teatro universal.
Quizás yo sea tan insignificante que no merezca el privilegio de trabajar con el dramaturgo que quiero, pero precisamente esa pequeñez me otorga una libertad que me permite abordar cualquier empresa, cualquier obra y cualquier autor sin el temor a ser tachado de irreverente o presuntuoso.
Y encaro el proyecto con la seguridad de que en este barco, los que conmigo navegan, lo hacen porque están a gusto y convencidos de que la aventura valdrá la pena.
Todos los que han zarpado a mi lado están currando conmigo codo con codo disfrutando de cada ola, de cada puerto y de cada viento. Afortunadamente, los que no tenían esa seguridad o se encontraron a bordo sin saber muy bien por qué, abandonaron el viaje en el último puerto.
Ahora ya no cabe mirar atrás ni tener dudas. Ahora ya sólo hay que cuidar que los cabos estén bien tensos y que el rumbo sea el que nos hemos marcado.
Allá vamos.
Hoy, primer ensayo.