miércoles, 13 de abril de 2011

Hamlet. Diario de un loco 5.

Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo, Miedo. Pánico.

jueves, 7 de abril de 2011

Hamlet. Diario de un loco 4.

Bueno... Mañana, después de un impás de dudas y retrasos, vuelvo a la carga. Mañana me enfrentaré a ellos... y al espejo.
El espejo es el juez implacable y el amigo fiel.
Es juez porque te dicta la sentencia de manera fría e inmisericorde. Te tira a la cara todos los defectos, te dice lo que no va a ser posible conseguir de ninguna de las maneras. Te coloca en el espacio junto al bicho y te muestra cuál es tu límite. Sin tapujos.
Y es amigo porque, cuando la cosa va y el constructor y yo hemos acertado, te sorprende devolviéndote imágenes impactantes que no habías imaginado. Y te enseña las tripas de los bichos. Sus miradas. Su capacidad expresiva.
El espejo es la pieza imprescindible que me permite saber qué expresa cada muñeco en función de la altura de mi brazo, el giro de mi muñeca o la apertura de mi mano. Todo eso se va registrando de alguna manera en mi cabeza (aún no sé cómo), de manera que al cabo de un tiempo yo puedo preocuparme de mis sentimientos y de cómo expresarlos, mientras los bichos, casi autónomos, actúan expresando los suyos.
A estas alturas sólo sé que pesan bastante, que aún guardan la rigidez de los primeros días (como yo guardo la mía) y que me proponen cosas muy distintas al viejo Don Juan y compañía.
Ciertamente, este espectáculo parte de una propuesta estética muy distinta, donde los colores juegan un papel importante y donde no se busca la imitación de los rasgos humanos de un modo tan realista. Aquí jugaremos con la caricatura. Es un riesgo, porque dependo absolutamente de que el público se crea a los bichos, tal y como se creen a Don Juan. Pero de una manera quizás un poco inconsciente y arriesgada, esta vez quiero que el público descubra que creerse a los muñecos, creer que están vivos por sí mismos, no tiene nada que ver con su realismo estético sino más bien con la magia del teatro que tiene como pilar más importante las ganas del espectador de creer. De creer todo lo que le muestren, con la sola condición de no ser traicionados con dramaturgias absurdas, interpretaciones desmedidas o estéticas pajilleras.
Yo quiero que crean. Si ellos quieren creer, y no la cago, será un espectáculo interesante. Si la cago... ufff.
Espero que el público no espere un Hamlet de Shakespeare, ni siquiera una versión de Hamlet. Porque lo que vamos a intentar ofrecerles es lo que siente una persona cuando tiene la certeza de que las cosas se podrían haber hecho de otra manera. Una persona que duda y que lucha por solucionar esa duda. Alguien que, erroneamente, se cree el centro del mundo pero que la vida se obstina en enseñarle que el mundo está lleno de centros, tantos como personas. Y cada centro lleva su duda. Porque ¿quién puede afirmar que no duda?